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miércoles, 1 de julio de 2015

Si su hijo ha suspendido cinco, castíguele (pero no como usted cree)

Expertos recomiendan una nueva forma de correctivo, que pasa por dosificar privilegios en vacaciones. Sin gritos.

Cada verano, por estas fechas, un jarro de agua fría ha caído sobre muchos hogares: su hijo ha sacado malas notas. Un cúmulo importante de suspensos es, para la mayoría de familias, una pésima e inoportuna noticia que llega justo en vísperas de vacaciones, cuando contamos los días que nos quedan para dejar de ir a trabajar y empezamos a vislumbrar nuestro merecido descanso estival como una concatenación de situaciones agradabilísimas. Aunque luzca un sol cegador, ese día una nube ensombrece la casa. Porque las malas notas a final de curso no solo afectan al apesadumbrado adolescente que se las ha ganado a pulso, sino también a los padres que las reciben y que, con frecuencia, no saben cómo reaccionar. Pues bien, todo es más fácil si tiene en cuenta unas simples reglas.

No monte en cólera

“Los gritos y la excesiva aspereza no solucionan nada”, sostiene Valentín Martínez-Otero, doctor en Psicología y Pedagogía y profesor de la Facultad de Educación en la Universidad Complutense (Madrid). Pero tampoco es cuestión de mirar para otro lado. “En general, la actitud, además de firme, ha de ser comprensiva y estimulante”, añade. En 2008, investigadores de las universidades de Sevilla y País Vasco analizaron los perfiles de más de 800 adolescentes entre 12 y 17 años en función del estilo educativo de sus progenitores. Distinguieron entre tres tipos de padres: estrictos, democráticos e indiferentes. Así, encontraron que “los adolescentes con padres democráticos presentan (…) un mayor interés hacia la escuela y un mejor rendimiento académico”. Por el contrario, aquellos que crecían en familias demasiado severas o apáticas tendían a presentar un rendimiento escolar más bajo y problemas emocionales. Bendito término medio.

Exija un 'mea culpa' al estudiante

Es lógico que no se ponga como unas castañuelas. Enfadarse es normal, pero ¿sirve de algo? Carlos Pajuelo, psicopedagogo y profesor en la Facultad de Educación de la Universidad de Extremadura, ha escrito un libro sobre el tema: Cómo sobrevivir a los suspensos de tus hijos (Espasa, 2015). Opina que el objetivo de toda reacción ante unas calificaciones deficientes es intentar que los hijos se responsabilicen de los suspensos. “Cuando se suspende es porque se ha estudiado poco o no se ha estudiado. Para que el niño pueda cambiar necesita reconocer que no ha estudiado. Si, en cambio, dice que ha sido mala suerte o que le tienen manía, entonces no hay opción de mejoría”, afirma.

Evite que le coja por sorpresa

Las malas calificaciones (igual que las buenas) se ven venir. Generalmente, los suspensos al final de curso vienen precedidos de malos resultados en evaluaciones anteriores. “Por tanto, no hay por qué escandalizarse ni mostrar un estilo agresivo con los hijos, que puede provocar en ellos reacciones muy negativas, como miedo o rebeldía”, alerta el profesor Martínez-Otero.

Cuente hasta diez

O lo que es lo mismo, posponga la regañina hasta que esté seguro de que usted afrontará el asunto con tranquilidad: “Lo fundamental es que si nota que se le hincha la yugular, a lo mejor tiene que esperar un par de días para hablar con su hijo”, dice Carlos Pajuelo. “Debemos hablarle de manera serena. Podemos herir gratuitamente a nuestros hijos y además nos sentiremos mal. Uno tiene que darse un poquito de tiempo. Pueden ser dos días o dos horas”.

Relativice

Las malas notas, incluso las muy malas, no implican automáticamente recurrir a Hermano mayor. Todos podemos dejarnos influir por los comentarios agoreros que vienen del exterior, y es fácil regodearse en ideas tremendistas como “hay que estar muy encima de los niños, porque si no…”. Tampoco conviene que nos carguemos de culpa. Como apunta Carlos Pajuelo, “la sociedad responsabiliza a los padres de casi todo lo que hacen los niños. Nos han hecho creer que los padres somos omnipotentes, y eso no es así”.

No castigue: establezca consecuencias

Expertos como Carlos Pajuelo conceden que suspender debe tener consecuencias (nada de castigos ideados como venganzas), dirigidas a obtener en septiembre los resultados deseados. Es más, dichas secuelas deberían ser anunciadas durante el curso, para que los hijos sepan a qué se exponen si vuelven a casa cargados de suspensos. “A los padres les diría: ‘No busques lo que fastidiaría al niño’. No se trata de incordiar. Creo que es más cuestión de pérdida de privilegios, como determinar un horario de estudio en verano y otorgar unos privilegios si se cumplen. Siempre enfocado a conseguir lo que queremos: que los hijos se pongan a estudiar”. Un estudio de la Universidad de California (EE. UU.) destaca que los castigos desafiantes y desproporcionados provocan en los hijos perturbaciones cognitivas y emocionales como hostilidad, nerviosismo y problemas de personalidad y reducen la eficiencia en la escuela. En cambio, los castigos leves y proporcionados ("las consecuencias”) tienen algunos efectos beneficiosos: restauran más rápidamente los lazos emocionales, refuerzan un comportamiento asertivo y estimulan la consecución de un fin.

Impida que le arruinen las vacaciones

“Te has quedado sin vacaciones”, se oía decir a algunos padres en el pasado. Hoy, esa drástica determinación no es tan habitual, posiblemente porque nos hemos dado cuenta de que el hecho de que el niño se quede en la ciudad, tal vez con los abuelos, no garantiza que vaya a clavar los codos, y que poniendo tierra de por medio lo único que conseguiremos es echarnos de menos los unos a los otros, convirtiendo las vacaciones en algo triste. Si para evitar la separación usted y su pareja están sopesando renunciar al asueto, también es una mala idea. “Eso generaría en el hijo la sensación de ser el culpable de haberlas arruinado”, dice Carlos Pajuelo: “Otro asunto es que en esas vacaciones haya algo que el hijo que ha suspendido no va a poder tener. Si debe dedicar tiempo a estudiar, habrá cosas que tendrá que dejar de hacer”. Martínez-Otero es de la misma opinión: “No hay por qué alterar las vacaciones de modo significativo. Lo que sí hay que tener en cuenta es una correcta distribución del tiempo del hijo para cada parcela: estudio, descanso, disfrute/ocio y relaciones familiares y sociales”. Piense que cualquier lugar es bueno para estudiar o contar con el refuerzo de un profesor particular. Y si, pese a todo, le cuesta abordar el problema con temple, hay un método infalible para aplacar su ira: mírese en el espejo de su adolescencia. ¿Acaso era usted el estudiante perfecto?

FUENTE: 


martes, 20 de enero de 2015

5 razones para dejar de gritar a tus hijos y 10 claves para conseguirlo



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La mayoría de los padres piensan que deberían dejar de gritar a sus hijos pero luego, sin darse ni cuenta, se sorprenden a sí mismos recurriendo una y otra vez al grito. Parece que nuestros hijos no obedecen hasta que, hartos de repetir la misma orden, se la gritamos. Es verdad que el grito llama su atención en un primer momento, pero a la larga dejará de tener efecto y entonces ¿qué haremos? ¿Gritar más fuerte, gritar más rato, vivir a gritos?

¿Es posible educar sin gritar?

Evidentemente sí. De hecho debería ser nuestra elección. Nuestros hijos han aprendido a no obedecer hasta que nos ven realmente enfadados y este es un mal hábito que han adquirido. Por lo tanto, es un hábito que debemos hacer desaparecer y generar uno más saludable. Gritar entrena a nuestros hijos a no escuchar hasta que se les levanta la voz. Cuanto más lo usamos, más los entrenamos y más nos costará que obedezcan sin necesidad de gritar.
Dejar de gritar no es fácil porque supone tener un gran autocontrol sobre nuestras emociones sobre todo de la ira y la rabia que nos genera ver la desobediencia diaria en nuestros hijos. Es un entrenamiento que lleva tiempo. Primero sabremos frenarnos al minuto de estarchillando, pero poco a poco, seremos capaces de frenar antes de empezar a gritar, es cuestión de proponérselo, es cuestión de añadirlo a la lista de objetivos del 2015.
Y para que vosotros hagáis como yo y pongáis este deseo en vuestra lista, os voy a dar 5 razones para dejar de gritar a vuestros hijos que os convencerán:
  1. Gritar convierte a los niños en sordos

Cualquier explicación o aprendizaje que queramos darles con el grito será inútil, porque los oídos de nuestros hijos se cierran automáticamente después de oírlo. Después de una interacción negativa nadie está dispuesto a escuchar con verdadera atención y con ganas de aprender y mejorar, eso solo se consigue con interacciones positivas. Si queremos hacer mejores a nuestros hijos, no lo conseguiremos a gritos.
  1. Gritar no ayuda a gestionar las emociones

Nosotros somos un ejemplo de comportamiento de nuestros hijos. Cuando perdemos el control y gritamos, lo que les enseñamos es a gestionar la ira y la rabia con agresividad.Conseguiremos unos adolescentes llenos de rabia que gritan y pierden el control delante de la explosión de emociones que se tiene en esa etapa evolutiva. Si nosotros ayudamos a nuestros hijos a gestionarlo de otra manera, con autocontrol, con calma, hablando abiertamente de las emociones en casa, ellos aprenderán a dar respuestas más adecuadas a la ira y a la rabia. Si oyes gritos aprendes a gritar.
  1. Gritar asusta a nuestros hijos

Ellos sienten miedo al principio y después rabia e impotencia. ¿Es miedo lo que queremos que sientan nuestros hijos? Seguro que no, nuestra intención cuando gritamos es que obedezcan, que aprendan, que hagan lo correcto, que nos respeten, etc… pero no queremos provocarles miedo. Por lo tanto, con nuestra actitud no conseguimos el efecto que queremos: el respeto se gana respetando, la obediencia se gana con paciencia, los aprendizajes requieren un tiempo y un esfuerzo y que hagan lo correcto dependerá en gran medida de nuestro propio comportamiento.
  1. Gritar los aleja

Cada vez que les gritamos, ponemos una piedra de un muro que nos separa. Perdemos autoridad positiva, perdemos respeto, perdemos comunicación, ganamos distancia, ganamos frialdad en las relaciones, ganamos más gritos y ganamos malestar emocional.
  1. A más gritos, menos autoestima

Educar a gritos tiene un efecto nefasto sobre la autoestima de nuestros hijos. Lejos de sentir que estamos orgullosos de sus logros y sus esfuerzos, lo que sienten es que nunca están a la altura, hagan lo que hagan, siempre aparecen los gritos y borran cualquier sentimiento de haber hecho algo bien.
Pero ¿Cómo conseguimos dejar de gritar?
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  1. Adquirir un compromiso

Será como un pacto de familia donde nos comprometemos a dejar de gritar y a hablar con respeto. Diremos a nuestros hijos que estamos aprendiendo a hacerlo y que nos tendrán que ayudar, que es probable que cometamos errores pero que si tienen paciencia cada vez lo haremos mejor.
  1. Nuestro trabajo como padres es controlar nuestras emociones

Con el manejo de nuestras emociones les enseñamos a controlar las suyas. Si somos un buen ejemplo, ellos serán mejores. Por lo tanto, debemos empezar a trabajar con nuestras emociones, lo que sentimos, lo que transmitimos y como lo controlamos. Es un entrenamiento querequiere tiempo y esfuerzo.
  1. Recordar que los niños deben actuar como niños

Son cientos las veces que he oído decir a los padres en consulta:
  • Es que tengo que repetirle mil veces que se vista. Cada mañana es la misma historia. Está claro que le gusta verme enfadado/a
  • ¿Cuántos años tiene su hijo/a?
  • Cinco años. Yo creo que ya sabe lo que debe hacer pero solo piensa en jugar.
Ante esto, yo siempre digo lo mismo: lo que realmente me preocuparía es que usted se sentara en esa silla y me dijera que su hijo/a de cinco años se viste solo/a cada mañana sin necesidad de que usted le recuerde lo que debe hacer. Porque entonces seguro que habría algún problema. Los niños deben jugar, es lo que les toca a esa edad y nosotros somos los encargados de recordarles cada día sus obligaciones. Es nuestro trabajo de padres. Si nuestro jefe nos dijera que cada día tenemos que recordar al conserje que debe encender la luz, lo haríamos a diario, sin pensar si el conserje lo debería hacer por si solo o no. Pues con nuestros hijos es lo mismo, cada día debemos recordarles las mismas cosas hasta que adquieran el hábito y entonces tendremos que recordarles las siguientes. Es un trabajo que nunca acaba.
Dejar de gritar a los niños
  1. Dejar de reunir leña

Cuando tienes un mal día, cualquier chispa encenderá el fuego. Date un momento, haz algo que te haga sentir mejor y deja de reunir leña para el fuego. En algún momento tienes que parar.
  1. Ofrecer empatía cuando tu hijo expresa cualquier emoción

Cualquier emoción, buena o mala, debe ser escuchada.Para mostrar empatía debemos hacer entender a nuestro hijo que entendemos cómo se siente. Así aprenderán a aceptar sus propios sentimientos que es el primer paso para aprender a manejarlos. Una vez que los niños pueden manejar sus emociones, podrán manejar también su comportamiento.
  1. Trata con respeto a tu hijo

Cuando los niños son tratados con respeto sienten más ganas de portarse bien y de tratar con respeto a los demás. Simplemente debes entender que tu hijo merece tu respeto más que cualquier otra persona.

  1. Cuando te enojas, STOP

Para, cierra la boca. No hagas nada ni tomes decisiones. Respira hondo. Si ya estás gritandopara en medio de la frase. No sigas hasta que no estés tranquilo. Hablar, castigar o actuar cuando uno está enojado aumenta notablemente la probabilidad de tomar malas decisiones, de gritar en vez de hablar, de usar castigos exagerados y poco educativos y actuar de manera desproporcionada.  Le invitamos a leer nuestro post las 10 claves para usar bien el castigo.
  1. Respira y date cuenta de tus sentimientos

Cuando te enfades con tu hijo/a y sientas ira y rabia, aléjate de la situación si es posible y respira. Lávate la cara y piensa en lo que hay debajo de esa ira que suele ser miedo, tristeza y decepción. Date un espacio para sentirlo y llora si así lo sientes, después verás como la ira desaparece.
  1. Encuentra tu propia sabiduría

Analiza la situación de manera objetiva. Ahora que ya no sientes ira, será más fácil. Piensa en qué quieres conseguir y cuál es la mejor manera de hacerlo. Quieres que tu hijo te obedezca, ten paciencia y repite la norma las veces que haga falta, incluso ayúdale físicamente a hacerlo, cógele de la mano y guía sus pasos. Quieres que tu hijo te respete, enséñales con el ejemplo. Quieres educar bien a tu hijo, hazlo desde el reconocimiento y desde el afecto no desde los gritos y los castigos. Fija tus objetivos y fija también tus pasos. Los aprendizajes requieren tiempo y paciencia, tu hijo no lo puedo aprender todo a la primera, más bien es al contrario, no aprenderá nada a la primera.
  1. Adopta medidas positivas, busca un lugar tranquilo

Todos hemos vivido esos momentos de tensión en casa, momentos que generan un gran malestar emocional y que cada movimiento no hace más que aumentar la tensión. Unos gritan, otros lloran, nadie hace lo que debe hacer y parece que nada puede parar esa ira. ¿Qué podemos hacer?
  • Pide a tu hijo un time-out: tiempo fuera. Uno en cada sitio hasta que se desvanezca la ira.
  • Pídele disculpas.
  • Ayuda a tu hijo a gestionar la rabia que siente, que se sienta comprendido, explícale que tú también te sientes así a veces.
  • Busca un lugar tranquilo donde esconderos, debajo de una gran sábana para dejar pasar de largo la ira y la rabia.
  • Lee un cuento tras otro, hasta que se desvanezca la rabia.
A veces, basta con dar un paso para ayudar a nuestro hijo a que se sienta mejor para que la ira desaparezca.
 Ayudando a nuestros hijos a gestionar bien sus emociones, aprenderemos mucho de las nuestras y seguro que esto nos hará a todos mucho mejores.